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Linterna de Andrés Sabella «Lección de Antofagastatinidad» (De El Mercurio de Antofagasta 7-8-1981)

Hoy la carta que José Papić Radnić entrega al público para que éste vigorice su conciencia de Antofagastinidad, «Es hoy, aunque duela confesarlo, una voz que clama en el desierto.”

Pepe Papić ha, vivido en una especie de tenaz embriaguez nortina, alegre de vivirla, sintiéndola a pleno amor y tratando de comunicarla a la mayoría. Ha sido una tarea de toda una vida. Si le medimos sin prestarnos a engaño, concluimos por reconocer que su clamarse ha oído…. y se ha perdido en medio de innumerables vocinglerías engañosas.

Leyendo su carta, evocamos inmediatamente a ese noble Alfonso Meléndez que, tras el seudónimo bravo deAMEL, nunca vaciló en quemar a fuego a “Los Caciques del Mapocho”, cuyo amor a Chile no alcanza más allá de los paredones del río, pese a los hábiles retoricismos con que no saluden de vez en cuando.

Poseemos una idea que el tiempo ha fortalecido; a nuestro heroico puerto, a esta Antofagasta que, como a ninguna ciudad chilena, le ha costado tanta sangre y tanto sudor la honra de ser chilena, no es mucho lo que se le quiere por allá donde se juega en los días del progreso nacional. Los ejemplos no espreciso buscarlos con vela. Papiclos detalla:

“Somos una realidad sustanciosa. Somos un recurso poderoso. Y somos, tal vez, por exceso de sincero amor patrio, una magnífica espalda de carga,“un ciudadano que lo soporta todo, sin chistar, ni atreverse a protestar”

¡Échale nomás, que Antofagasta aguanta cuánto le disparemos encima!

Nacimos como pueblo de ambiciones y de trabajo. Fuimos campamento. ¿Seguimos siéndolo? Llegaron aventureros y gentes de dignidad. Los primeros, enriquecidos, se marcharon. Apenas colmaron sus faltriqueras. Se quedaron los inmigrantes agradecidos. Se quedaron nuestros padres, españoles, yugoslavos, italianos, árabes: los José López los Jiménez, los Rivas, los Juan Papić, los ich, los que forjaron hijos antofagastinos, hijos chilenos, enseñándoles qué, por encima de la riqueza, flota algo extraordinario y superior: él espíritu.

Este espíritu es el que se volvió rumbo y doctrina de Pepe Papić. llevándolo a su constante desvelo por el bien de Antofagasta. Este es el don que debemos, ahora, cultivar, multiplicar y derramar a los vientos, para que los jóvenes y los niños de Antofagasta se enriquezcan con él y lo contengan como su fuerza moral más penetrante, como su impulso creador efectivo.

La Antofagastinidad, término que lancé en 1958, no debe ser una expresión de discursos. Debe ser una conciencia activísima de cada día, en todos nosotros. Debe ser, no vanagloria de actos oficiales, sino servicio cotidiano de progreso, por mínimo que sea, en provecho de la ciudad.

El orgullo antofagastino debe manifestarse en obra permanente, crecimiento y ventura. Pepe Papić ofrece el modelo justo del sincero y fecundo amor al antofagastino. Amor que no pide, amor que da. Amor que no calcula en yo, sino en nosotros en amparo de justicia.