La noche sin estrellas hace más nítido el silencio cortado por el respirar de Juraj que espera, acurrucado en la oquedad de la roca que lo abriga y protege. Una tibieza lo va cubriendo, una tibieza con olores de pan recién horneado, con sabores de leche fresca, con aromas del tabaco de su padre, risas de sus hermanos Bozidar y Stjepan, revuelos de las faldas de la Mamiza. Piensa en Nevenka y su hijo. ¿Habrán llegado a la isla donde su abuelo, y los abuelos de los abuelos han vivido?. Esa isla ignorada por las invasiones y las guerras que arrasaron su tierra. Un punzante dolor disipa esa tibieza al recordar a su padre.
Hace ya un año murió fusilado en la otra ribera del río Drava, por eso, por ser croata. ¿Pero qué crimen es ése?, se pregunta desesperanzado. Busca respuestas al porqué de este loco disparar, de este odio aflorado. ¿ No es odio el de aquellos siete que acribillaron a Stjepan la noche del Sábado Santo? Lo dejaron solo, desangrándose, agonizando, hasta que Bozidar lo recogió ya moribundo. Se rebela su sangre, despertando todo el cuerpo, y activa sus sentidos.
Mira el reloj; pronto será la hora. Veinte como él están emboscados, dispersos, esperando la señal. Y veinte grupos de otros veinte a lo largo del Drava.
«– Bozidar está más cerca de la ribera, en el barranco. Es más viejo en esto-«, se dice, atragantado, con una mezcla de orgullo y pena. Endereza la espalda, extiende las piernas y echa la cabeza hacia atrás. Ordena y alerta el cuerpo, concentra su mente en lo que viene. – ¡ Basta ya! ¡ Que se acabe esta mierda de guerra!, – masculla con rabia. Una rabia que lo va envolviendo y amplía sus latidos. Se yergue, estirándose. Respira profundo, afirma fuerte los pies. Sus ojos son dos líneas azules, lejanas, frías.
La señal esperada. Endurece el rostro, siente que un río de acero corre por sus venas. Galvanizado, aferra su arma y decidido, abandona su refugio y enfrenta su destino. Tendido, mirando fijamente al frente, la metralleta lista, avanza con los codos. Desde la tierra oye el mandato de sus antepasados. – «¡ Dios, que a Bozidar no le toque hoy! -«, ruega. Fogonazos que se acercan. Al tableteo de una ametralladora responde con el tartamudeo de la suya, en un duelo cruel, despiadado.
Le corta el aliento un ardiente explotar en su muslo izquierdo. Siente que el río de acero se transforma en una mancha que no ve, pero palpa tibia. Su cuerpo se ablanda lentamente. Los ruidos se alejan. El oscuro silencio lo arrastra. El tiempo ya no importa. Otro dolor, diferente, lo hace abrir los ojos. En la penumbra del amanecer reconoce los de Bozidar. Ve sus manos firmes que envuelven su pierna. En su cara, la decisión de cada movimiento.
¿Terminó todo?- susurra Juraj.
Hay tregua. Para Corpus, la Paz- le contesta breve, telegráfico, y aprieta su mano. Acomodando la pierna herida, afloja el cinturón y coloca de almohada el morral, con el cariño de hermano mayor y el cuidado de un enfermero.
– ¿No más fútbol?- le pregunta tratando de sonreír. Pero con un temblor de labios musita: – ¿No más nada?- ahogando un quejido.
– Aguanta. Debes encontrarte con Nevenka- le ordena Bozidar, tratando de de despertar sus esperanzas. Acercando su cara a la de su hermano, mezclan sus lágrimas. – Llora, tenemos mucho por qué llorar – le dice Juraj, quedamente. El sopor lo va invadiendo, con olores de pan recién horneado.